Cuando mi vida dependía de una báscula

22, octubre, 2018

Testimonio de paciente con TCA en tratamiento.

Este pasado mes de agosto hizo un año que decidí buscar ayuda. Con 25 años había hecho muchísimas cosas, había tenido éxito en el mundo académico, en el amoroso, en el laboral, había vivido en Inglaterra… pero, en el fondo, ninguna de estas cosas significaban nada para mí.

Para mí era más fácil decir que no sabía quién era a realmente aceptarlo en cada pequeña cosa del día a día. No sabía ni siquiera si, por ejemplo, me había gustado una serie o una película, prácticamente nadie me caía ni bien ni mal, no sabía contestar a qué me gustaba hacer en mi tiempo libre, cuando estaba con amigos o amigas no hablaba de mí porque no sabía qué decir.

Durante mucho tiempo, los únicos momentos que recuerdo de verdadera angustia o alegría eran el número de la báscula y tocar los huesos de mi cuerpo cada mañana, o asegurarme de que comía siempre menos que los demás, o nada.

Todas mis fuerzas se concentraban en eso y en buscar en el espejo algo que ni siquiera yo sabía qué era pero que nunca encontraba. Cada día andaba, corría, hacía abdominales, ejercicios de cardio y de tonificación. Luego comía lo mínimo y obviamente solo los alimentos que yo consideraba seguros (que, con el paso de los años, acabó siendo ninguno). Por las noches no dormía. Mi mundo era este, mi gran felicidad era bajar de peso de manera infinita y mi pesadilla era mirarme en el espejo y ver algo que me producía asco.

En cambio, estaba rodeada de gente que no vivía así, de diferentes pesos y tipos de cuerpo, pero que parecían despreocupados, tenían presencia, eran alguien cuando estaban con las personas, tenían cosas que contar, tenían opiniones. Sin embargo, yo no lo entendía: ¿cómo podían ser felices estas personas? Me sentía frustrada, sentía envidia, luego alivio porque me decía que yo al menos lo hacía “bien”. En medio de esta cadena de emociones me entraban muchas ganas de llorar. El TCA me decía que era porque yo era así, porque tenía que bajar de peso, aunque no tuviera nada que ver, tenía que seguir bajando, así acabaría comprendiendo por qué ellos parecían felices y yo no. Luego se me pasaba la angustia y volvía a la obsesión.

Quien era profundamente infeliz era yo, pero a veces somos tan infelices y estamos tan heridos que ni siquiera nos damos cuenta.Todavía puedo sentir todo eso, pero hoy, un año después de empezar el tratamiento, soy más fuerte para combatir la enfermedad.

Hoy sí que puedo pensar en mi vida y decir totalmente segura que una de las cosas más importantes que he hecho en mi vida ha sido tener el valor suficiente de parar y decidir dar un paso hacia mí en vez de huir de mí.

Empecé a ver qué es cuidar de uno mismo y de los demás, qué es aceptar que tienen que cuidarme y dejarme ayudar, qué es atreverme a compartirme. De golpe, me vi en hospital de día. Aceptar que estás enferma y que necesitas este tipo de tratamiento es duro y muchas veces se vive como si fuera una cosa irreal. Yo también pensaba que no estaba tan mal, que no necesitaba tanto, pero en realidad estaba muerta de miedo: por tener que comer y coger peso, por tener que confiar en los demás para cuidarme a todos los niveles, empezar a abrirme ante alguien y ante un grupo… Recuerdo que detrás de todos los argumentos reactivos de que yo no necesitaba eso estaba el miedo y el preguntarme qué tenía yo que dar.

Hoy, un año después, todavía me quedan muchas batallas que librar, pero sé que sí tengo cosas que dar, y también que tengo cosas que darme. He descubierto algo tan básico como que yo también soy un ser humano, con debilidades y fortalezas, que necesita ayuda a veces.

Al final, tal vez el TCA me salvó en su momento del verdadero dolor que sentía, a modo de anestesia, pero a la larga es un rescate que acaba en condena. Empecé con unos 10 u 11 años y la anorexia fue a más. Ahora tenía 25. Sí, seguía sobreviviendo, pero era como estar muerta al final.

Tal vez no soy la persona que me había imaginado que sería. La vida me ha acabado pillando por sorpresa y me he visto en una de esas situaciones de las que decimos que les pasan a otros pero nunca a nosotros. Parece fácil, pero aceptar también es un proceso largo, y estoy muy emocionada por hacer esto conmigo misma.

Parar, escucharme, mirarme, dejarme cuidar, aprender poco a poco a cuidarme, aceptarme. Tal vez no soy la persona que pensé que sería, pero soy yo, soy alguien. Antes solo era obsesión y vacío; ahora soy muchas más cosas. Me guste más o menos, tengo mi propia historia, habrá cosas dolorosas, otras alegres, pero es mi propia historia.

Hoy, un año después, ya no huyo de mí, ni lucho por los demás; hoy ya puedo decir que quiero luchar por mi.


Testimonio paciente en tratamiento de hospital de día. 25 años.


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