Un pequeño tesoro

16, enero, 2019 


Escrito de padres de pacientes en tratamiento de hospital de día. SETCA Barcelona


Surgió así. De repente. Una reflexión espontánea sobre un evento que ha sido trascendental en nuestras vidas. No habíamos hablado previamente, pero cuando lo hicimos verbalizar, ambas coincidimos en reconocer un hecho sorprendente: El TCA ha acabado siendo la clave que ha permitido abrir una puerta que teníamos cerrada en las narices desde hacía mucho tiempo. En definitiva, el empuje que nos ha ayudado a recuperar nuestra relación como madre e hija, como hija y madre (¡no importa el orden!).

En contra de lo que imaginábamos, cuando llegó el diagnóstico, el “monstruo” se ha convertido en nuestro pequeño tesoro. De alguna manera se ha hecho realidad el dicho: las crisis fortalecen y los fracasos se aprende. A nosotras nos ha pasado. Exactamente así.

Me he dado cuenta – no sin dolor y una inevitable vergüenza – que, antes del descubrimiento, nuestra comunicación era prácticamente inexistente. No iba a buen puerto. No, al menos de manera bastante honesta. Sin quererlo, y probablemente ya a causa de una enfermedad que fue invisible durante años, nos habíamos perdido en una maraña de formalidades cotidianas y sin sustancia. Vivíamos juntas, nos queríamos, pero no estábamos unidas. Ambas intuíamos que aquello no funcionaba, pero nos costó encontrar la solución. El primer nudo que había que deshacer, pues, era admitirlo. Difícil, pero liberador. Muy liberador. A partir de aquí, se abría la esperanza – con dolor, sí – pero al fin y al cabo, esperanza.

Una vez aceptado el problema, había que asumir que lo que venía a partir de entonces era un horizonte incierto, complejo de gestionar y que estaría lleno de altos y bajos constantes, pero también, que lo que tenía que llegar siempre sería mejor. Y así ha sido, y así está siendo.

Caminamos, avanzamos, y mientras lo hacemos, surge la tentación inevitable preguntarse:

¿Qué fue primero? ¿El huevo o la gallina? Probablemente nunca sabremos si el distanciamiento ayudó a nacer el TCA, o si fue al revés.

¿Era el trastorno lo que había hecho imposible una conexión auténtica entre nosotras? Sinceramente, la única respuesta que se me ocurre es: ¡suerte que mi hija tuvo la valentía de pedir ayuda!. Hasta entonces, yo había girado inútilmente sobre una especie de círculo, sin saber encontrar la salida. Aquella fue, seguramente, la primera vez en mucho tiempo que nos comunicamos de verdad. Y ese fue, también, el día que descubrimos el mapa que nos guiaría hacia nuestro pequeño tesoro.


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