Testimonio Paciente de Bulimia. La enferma no soy yo.

La enferma no soy yo.

Eso he estado pensando una y otra vez a lo largo de estos años.

Tenía 14 años cuando me diagnosticaron por primera vez bulimia. Han pasado 6 años desde entonces y aún hay días en que me detengo a cuestionar si soy yo quien realmente tiene un trastorno de la conducta alimentaría. También he tenido que luchar una y otra vez contra un prejuicio que me impongo a mí misma, creía que serían los demás quienes me juzgarían por tener una enfermedad como ésta, porque eso es: una enfermedad y no un capricho o una etapa de la adolescencia que pronto pasará; pero antes que las palabras de reproche salieran de boca de otro, era yo misma la que me las repetía sin cansancio: ¿cómo una persona como yo pudo caer en una enfermedad como ésta?

Lo entiendo ahora, cuando me veo sentada con tres de mis compañeras de tratamiento, en silencio, porque todo aquello que creíamos tan único y propio en cada una de nosotras es el pan de cada día de las personas con un TCA. No solemos hablar de ello, aquí los días transcurren de otra manera, cada día a las once de la mañana nos reencontramos, y como si fuésemos amigos que no se encuentran hace meses, nos sentamos a contarnos detalladamente las horas que hemos vivido, eso sí, no todos pueden hacerlo, algunos permanecen en silencio con una tímida sonrisa en su boca evitando a toda costa pronunciar palabra. Aquí hablamos de todo un poco, de la vida real, de la fantástica, de su primer día de facultad y de la despedida de mi amigo, de lo bien que se está flotando en el mar y de lo desagradable que resulta el chirrido de una puerta. Pero en días como hoy nos detenemos un momento y nos preguntamos ¿qué hacemos acá? Hoy no hablamos de mi amigo o de la puerta, sino del sentido que tiene venir día tras día buscando la recuperación. Me alivia saber que no soy la única que se queda pensando en ello, pasé muchos años de mi vida creyendo que mis hábitos y pensamiento eran propios de una persona loca y extraña, pero aquí me doy cuenta que cuando estos pensamientos salen de mi boca no sólo cobran forma sino que puedo ver una mirada de alguien que se siente identificado y que entiende lo que le digo.

Todo aquello que vivía, sentía y pensaba me lo guardaba siempre para mí. Me inventé un micro mundo en el que nadie podía intervenir porque no le dejaba, un mundo en el que al principio podía elegir cuando entrar y salir, pero que poco me fue atrapando hasta que un día como cualquier otro quise salir y ya no pude hacerlo. Lo cierto es que aquí me senté y me di cuenta que aquel micro mundo lo compartía en silencio con personas y de cuando en cuando, al atrevernos a explicar como es aquel mundo, se hace más pequeño y comienzas a ver de nuevo el camino para salir. Son demasiadas las cosas que nos unen, me alegro, ahora aquella sensación de locura y extrañeza se empieza a difuminar. No soy la única que se pregunta cómo llegué a hacer lo que me he hecho ni a pensar todo lo que siempre me da vueltas en mi cabeza, no soy la única que le aterra compartirle a alguien sus ganas de recuperarse, no soy la única que siente vergüenza de tener un TCA, no soy la única que alguna vez se ha negado así misma éste hecho, no soy la única que hubiera deseado no tenerlo, no soy la única que quiere luchar, no soy la única que empieza a recuperar la esperanza de vivir.

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