Testimonio de una paciente de Bulimia: Yo la veo así

A sus 19 años ya sabe más de lo que es el sufrimiento interno que yo. Lleva desde los 14 años con bulimia y aunque ha comenzado el tratamiento varias veces, aún sigue enferma. Ahora vive sola en Barcelona, lejos de Colombia, su ciudad natal y donde reside su familia. Para ella hacer frente a la enfermedad es más difícil que para el resto de las que están en el Centro porque no tiene demasiado apoyo fuera del él.

Pero Lorena tiene claro que se quiere curar, pues ya sufrió una laceración de esófago y se destruyó el aparato digestivo. 3 meses hospitalizada es lo que le condujo provocarse los vómitos, tener atracones y abusar de 12 laxantes diarios. Aún le cuesta reconocer en público sus conductas de síntoma, se avergüenza, como casi todas las demás.

Aunque se conoce muy bien, y eso me descoloca bastante. Sabe que su comportamiento es enfermizo, que sus conductas traicionan a menudo sus ideales de vida y sus ganas de ser feliz lejos de todo ese trastorno alimentario. Y es que considero que es muy inteligente, con un gran nivel cultural y sé que desea más que cualquier otra cosa tener una vida plena. De hecho, hace todo lo posible para no encerrarse en casa, cerrar las persianas y construirse su cueva para ver películas comiendo compulsivamente para después vomitar.

Sin embargo, a veces no lo consigue. A veces cree que su vida consiste en eso y se rinde a luchar contra su “yo enfermo” que le dice que no pasa nada, que se acostumbre, porque esa es la vida que le ha tocado. Rechaza todo su deseo a tener una vida plena cuando la ansiedad la ataca, porque así es más fácil, es más fácil no hacer frente a todo ese dolor que le impide lograr sus metas. Cada vez que salimos juntas del Centro y nos quedamos a tomar un café en el bar de abajo para hablar, contarnos qué tal estamos y cuáles son nuestras dudas y nuestros problemas, pienso que en la suerte que tengo de haberme encontrado con una mujer tan interesante, pero es tan contradictoria a la vez…

Me parece realmente alucinante cómo una joven que estudia filosofía, que cruzó el océano con 18 años para venirse a vivir sola a Barcelona, es tan superficial y tan “antisuperficialidad” al mismo tiempo. Le apasiona escribir y leer, le gusta la música, le encanta hacer planes diferentes y poco convencionales, le gusta debatir sobre temas que generan controversia y huye de todo los estereotipos de jóvenes perfectas. Y a su vez, desea estar delgada y ser perfecta físicamente. Aún no entiendo muy bien cómo puede llegar a profundizar tanto sobre su propia existencia y sin embargo, es incapaz de luchar contra las incongruencias de sus propios pensamientos. Quizás sea que tiene una gran capacidad de análisis pero no sabe cómo ordenar sus ideas.

Tanto ella como yo, queremos curarnos y disfrutar de la vida al mismo tiempo, somos jóvenes y tenemos millones de experiencias no vividas por delante. Pero compaginar ambas cosas, ahora mismo es muy difícil. Curarse es un proceso duro, en el que se sufre y sobre el cual se duda a menudo. La impaciencia nos caracteriza, queremos las cosas lo antes posible, queremos ser felices ya. Esa impaciencia es probablemente lo que frena a Lorena, y seguramente a mi también, a llegar a serlo. Porque cuando descubres que el amino a la felicidad, una felicidad lejos del TCA, es un camino largo, duro y difícil, un camino que no llega a su fin en un día ni en un mes, te frustras. Una enorme frustración por los propósitos no cumplidos, parecidos a los que se propone Lorena cuando decide no cenar para no engordar, parecido a cuando crees que esa dieta será la definitiva y conseguirás mantenerte y descubres que eso no es verdad. Con la única diferencia de que este camino, y ella lo sabe muy bien, es el correcto.

Creyendo que ya se había curado, Lorena dejó el tratamiento en más de una ocasión y ella no para de repetirme esta frase cuando tengo pocas fuerzas para seguir: “duré bien por inercia unos pocos meses, pero volví a hundirme y la caída fue siempre peor que la anterior”. Abierta, extrovertida, divertida, inteligente, interesante, culta… para mí lo tiene todo menos una cosa: una paz interior. Es preciosa pero se odia, es culta pero ella cree que no lo suficiente, es valiente pero se cree cobarde… Y el odio que se tiene a sí misma le impide ver lo buena y maravillosa que es.
Ojalá poco a poco, a mi lado, y al lado de todas sus compañeras, comience a sentirse orgullosa de sí misma, a aceptarse con lo bueno y con lo malo y se de cuenta un día, que es feliz, que la felicidad ha llegado a su vida para no marcharse con un trastorno así nunca más.

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