Reencontrando mi paz

1, marzo, 2017

Últimamente he reencontrado una paz que hacía mucho que no sentía.

Si tomo conciencia de ello, me entran ganas de llorar de la emoción y alivio. Tampoco quiero relajarme demasiado, el viaje no ha hecho más que comenzar. Por el momento, he salido de lo más peligroso de la enfermedad, pero todavía tengo que arrancarla de raíz. No basta con limar la superficie y volver al estado en que me encontraba antes de comenzar con el síntoma, debo alejarme de todo aquello que me condujo al TCA. Pese a que el camino que me espera es largo, no es tan escarpado como el que ya he transitado, y siento dentro de mí la confianza y la fuerza para recorrerlo. Albergo, además, la ilusión de que con todo lo que estoy aprendiendo podré ser una persona más libre y más feliz.

Muy bien, me hallo en la cima de una montaña escarpada y miro con orgullo lo que he dejado detrás, no sin dolor y dificultad; pero, al mirar lo que se despliega hacia adelante, me nacen unas enormes ganas de continuar. Tengo conmigo las herramientas que he desarrollado en estas duras jornadas de lucha: una mochila cargada de lecciones y mecanismos, muy útiles pero son solo una brújula que me guiará en el camino que debo continuar.

La pregunta ahora es: ¿hacia dónde?

Me he permitido conectar conmigo misma y mis emociones, darme permiso para hacer aquello que realmente me apetece, cosa que hacía mucho que no ocurría. Hace años, incluso hace meses, hubiera dicho que yo siempre hacía lo que quería, que me sentía libre. Solamente ahora me doy cuenta de que aquello no era cierto, y es que durante demasiado tiempo me limitaba a seguir un guión que no siempre marcaba yo. Cuando era yo quien guiaba, lo hacía más pendiente de la cabeza y de ciertas ideas externas que de lo que me dictaban las emociones, y apenas me daba opciones de ser flexible a mis propias normas.

El proyecto en el que estoy trabajando profesionalmente, tiene una serie de principios, y uno de ellos me ha cautivado. “Razonablemente bueno es mucho mejor que perfecto”. ¿Por qué íbamos a conformarnos con algo bueno pudiendo aspirar a la perfección? Ostras, me ha dado mucho que pensar. Perseguir la perfección comporta un sobresfuerzo que desgasta, te consume, y devora todo tu tiempo, te hace olvidarte de otras cosas que también son importantes. Además, mejor conformarse con algo razonable que perferse en busca de un ideal que quizá sea inexistente e inabarcable, una idea que cambia en cada individuo. No es un pensamiento para todo el mundo, pero sí adecuado para la gente exigente e inflexible. “Razonablemente bueno” deja espacio para el descanso, para el error, para la convivencia, pero necesita del contrapeso que nos impida caer en la dejadez y la apatía.

Por desgracia, yo ya he caído en el pozo sin fondo de estas ansias de perfección y deseo no volver a caer jamás en él.


Testimonio de paciente de 32 años, 1 año y 9 meses en tratamiento.


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