testimonio tca

Hoy me siento libre

Cuando llega el momento de recibir el alta tras años en tratamiento para superar un trastorno de la conducta alimentaria es un momento que a terapeutas y pacientes nos llena de emoción. Hoy, desde SETCA, queremos compartir un testimonio de una paciente tras saber que, por fin, tiene el alta y ahora ella empezará a escribir ese nuevo capítulo de su vida, libre de esas ataduras que su TCA la tenía atrapada…


No ha sido hasta hace poco que me he dado cuenta de una cosa: que me siento libre o, al menos, liberada. Claro, cuando sientes que las cadenas te oprimen, que no te dejan coger aire y que acabas acostumbrándote a vivir con ellas, e, incluso, das las gracias por vivir dentro de una celda muy pequeña, y que esta llegue a ser como tu hogar .

Es escalofriante la rapidez con la que uno aprende a sentirse cómodo en su celda particular, la facilidad de adaptación cuando, incluso, todo a tu alrededor parece oscuro y duele.

Pero ahora, y desde hace ya un par o tres de meses, que me siento libre, caminando en una dirección totalmente contraria, llevada por una especie de inercia algo parecido, de la que a veces me parece que no he sido del todo consciente.

Me encuentro con sensaciones extrañas cuando trato de recordar algunos de los momentos relacionados con mi trastorno (TCA), como si estuviera mirando algo que sé que forma parte de mí, pero de lo que, ahora, me siento tan lejana. Soy capaz de hacer memoria, pero me encuentro con dificultades a la hora de volver a las emociones de entonces (que en su momento me parecían tan intensas, inevitables y terribles), y que ahora surgen borrosas en mi mente.

No fue hasta que mi madre me recordó el tratamiento cuando me di cuenta que, efectivamente, todo esto sigue siendo un capítulo abierto en mi vida. No porque se vaya a extender a lo largo de todo el libro, sino porque es una especie de introducción necesaria para seguir con el resto de la trama. La parte del trastorno que ha pasado, los miedos que permanecen y todas las que están por venir frente a la vida misma, los momentos buenos y malos del tratamiento, las lágrimas, la risa, la fatiga, la desesperación y la esperanza … ¡Todo esto es parte de lo que soy ahora, y me ha permitido conocerme en profundidad!

Recuerdo el momento en que elegí pedir ayuda a gritos: no tenía ni idea de qué me pasaba aún, de su gravedad ni del importancia real de buscar una mano a la que agarrarme. Por alguna razón lo hice. Supongo que a pesar de la desconfianza y el miedo que me generaba confiar mis más profundas inquietudes a los demás, la parte de mi que no podía más se lanzó a la piscina. ¡Y menos mal! He querido dejarlo, ir menos días, ir más días, no salir de allí … Me he sentido comprendida, dejada de lado, ignorada, atendida, querida, triste … He oído que no servía para nada , y que no podría continuar sin ir. Y así, el tiempo iba pasando y mi mente trabajando. A veces atrás, pero en general adelante.

Para mí, que me encontraba sola en una ciudad nueva, lejos de mis padres, las terapeutas fueron un pilar esencial en mi evolución y en mi aprendizaje. Cuando llegaba a casa del centro, agotada, y tenía que esforzarme para seguir sus indicaciones … Madre mía, ¡incluso las odié!. A veces parecía que sólo me querían hacer daño, que eran aliadas de toda esa gente que llevaba meses diciéndote que se notaba que no estabas bien, que si comía bien, … Horroroso. Pero, claro, a quién sino ellas podía acudir al día siguiente, cuando había entrado en razón y necesitaba apoyo, alguien que me escuchase y que me confirmara que iba por buen camino. En parte, es esto lo que son, instrumentos para el cambio. Pero es imposible (al menos, lo es para mí) describirlas como sólo eso. El otro día alguien me preguntó: «¿qué sientes diferente? ¿Cómo te sientes respecto a antes? «Yo misma no me había hecho esta pregunta de manera tan directa todavía: ¿qué es lo que había cambiado? ¿Qué he ganado yo con todo esto?

Pues os lo diré …

He ganado capacidad de expresión ante mis problemas, ante la gente que me produce angustia o me descoloca y me hace sentir pequeña. He aprendido, aunque no me resulta fácil, que no sólo tengo voz, sino que tengo que esforzarme para que esta se escuche. Que, incluso, tiene validez y puedo obtener reconocimiento por parte de los demás. Y que, aunque no lo haga, esa voz es y no es justo hacerla callar.

Me he dado cuenta que apoyarse en los demás no es un signo de debilidad, más bien de humildad, valentía y conocimiento de las propias limitaciones. Que no te aleja de la gente, que normalmente la hace más cercana, que crea confianza. Y sobre todo, pone de manifiesto que no sólo eres tú el que sus dudas y problemas no dejan dormir, lo que se siente inseguro y cree que no para de cometer errores. De una perspectiva egocéntrica y de compadiment, se abre otra dirigida hacia el perdón y la comprensión, hacia la normalidad.

He aprendido que no sólo tengo que dar en una relación. Siempre daré mucho, pero ahora, al menos, tengo la certeza de que esto responderá más a un tema de personalidad o apetencia que al temor de ser rechazada o abandonada.

También he aprendido que mi cuerpo no es mi enemigo, sino mi aliado. Que no hay nada haciéndome daño, ¿verdad que no caminamos por la calle desnudos en invierno por si cogemos un resfriado que nos tenga tres días en la cama? Pues es lo mismo. Claro,  que no es nada fácil, pero se puede hacer. Más que nada es una parte del proceso de aprender a convivir contigo misma: al igual que hay cosas que cambiarían de nuestra personalidad (en mi caso, por ejemplo, ya me gustaría tener un poco más de carácter), no todo nuestro cuerpo nos gustará. Forzar el contrario no sólo es una auténtica tortura, sino inútil..

He aprendido el daño que hace el egoísmo de las persona que más quiero en este mundo: a veces, estamos tan metidos en nuestro sufrimiento que no vemos que hay otros que, desde fuera, cargan en los hombros el suyo y, además, no dudamos en sentirnos injustamente tratados y cargarlos todavía un poco más porque, claro, «yo estoy enferma y tú no». Esta es una frase que he tirado muchas veces a mi madre, sin ser consciente de lo que decía y totalmente metida en mi victimismo y la furia ante la injusticia que sentía del mundo hacia mí. Una especie de «tú no tienes derecho a quejarte, mírame a mí, que me estoy cayendo. Yo sí tengo derecho, porque no puedo más, porque me siento una desgraciada «, que no salía así sino en forma de gritos y palabras despectivas.

Que la crítica puede ser positiva. Si, ya sé, parece un tópico, y es verdad que en el momento en que recibes nunca parece positiva (a mí, al menos, me cuesta mucho no cuestionarme ante una), pero si se toma con normalidad puede llevar muchas facilidades en las relaciones con otros. A mí me ha servido mucho y mucho con mi madre, que es probablemente la persona de la que más me cuesta recibir un juicio (y supongo que a la inversa).

Ahora ya no necesito recordatorios constantes de que la gente aprecia estar conmigo. Me siento querida, en general, y el acercamiento de dos amigos no quiere decir más su alejamiento de mí. Las personas no somos excluyentes, podemos estimar a muchas otras. Si así lo hago yo, todo el mundo tiene el mismo derecho, ¿verdad?

Es complicado hablar de todas estas cosas, tengo la sensación de que nunca podría hacerse una imagen precisa de mi sensación sobre el papel.

Y no paro de aprender

Testimonio de paciente que finaliza su tratamiento tras años de terapia por su TCA (trastorno de la conducta alimentaria)


anorexia


QUÉSONLOSTCA


Si te ha interesado, compártelo!

    Deja una respuesta

    Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.