testimonio anorexia

Carta al pasado

16, mayo, 2017

Querida yo del pasado:

Buscando fotos para un álbum con amigos, he dado con muchas fotos de cuando estaba en mi peor momento del TCA. Me he visto de un modo distinto a las otras veces, y esto dice mucho de mi estado, tanto de entonces como de ahora. Hay cosas que veo muy claras ahora y que me hubiera gustado que alguien me hubiese dicho, y siempre me quedará la duda de si, realmente, lo habría escuchado.

Para empezar, estás demasiado delgada, cosa que no había sabido apreciar hasta ahora, realmente demasiado. Pero, lo peor, es que se te ve guapa y feliz. Madre mía, ¿cómo puedes tener esa sonrisa radiante si nunca has estado tan destrozada por dentro? Si no conociera todos tus secretos, si no fueras yo, me habrías engañado. ¿Cómo esperabas obtener ayuda si no la pedías, si mandabas esos mensajes tan confusos?

Por otro lado, todo el mundo sonríe en las fotos, todo el mundo se olvida de las penas en la celebración, los momentos de ocio con sus amigos. Por suerte no hay fotos de ti congestionada por haber vomitado cuatro veces seguidas, con el cuello y la cara hinchados de tanto forzar tu cuerpo, las lágrimas incluso más amargas que la bilis que salía de tu boca porque no sabías sacar la rabia de otra manera, comiendo y vomitando en el baño, con ganas de golpearte la cabeza, un sentimiento de desamparo que hacía que te fuera a estallar el pecho. Incluso, si hubiera habido fotos de aquellos momentos, los más sórdidos de tu vida, no habría podido reflejar aquella soledad, miedos e impotencia que te llevaban a destruirte; la garganta abrasada, las manos secas como si las hubieras hundido en lejía, toda la amargura de tus entrañas filtrándose por cada esquina de tu boca, el mareo que llenaba tu cabeza de eco, los fantasmas que te gritaban mientras sacabas todo, mientras tu boca y tu nariz a la vez expulsaban todo, todo menos el dolor, y te ahogabas, y sentías cómo se hinchaban las venas de tu cuello; el corazón palpitaba, llorabas y te mareabas, pero siempre era peor. El dolor te aniquilaba y tú, en vez de apartarlo, te abrías el pecho y te ofrecías para que te rematara.

Tenemos recuerdos tan crudos de aquella época, tantos secretos y pensamientos, y qué grado de conciencia. ¿Recuerdas cuánto nos sorprendíamos de la frialdad con la que planeábamos todo, las mentiras refinadas, tanto improvisadas como espontáneas, la técnica depurada y enferma con la que reconocíamos y explorábamos ciertos aspectos de todo el proceso de vomitar? Nunca se lo hemos contado a nadie. Llegamos a conocer cosas del cuerpo humano que no deberíamos haber averiguado, y lo hacíamos con racionalidad científica, como si aquello que estábamos aniquilando no fuera nuestro cuerpo y nuestra alma. También esto lo sabíamos, pero no supimos dónde estaba el pedal del freno.

Me gustaría decirte todas aquellas cosas que sé que hubieras necesitado oír; ya nunca sabremos si las habrías escuchado. Aun así, teniendo en cuenta que la única vez que la ayuda llamó a tu puerta te abriste de par en par, quizá habrías podido frenar un poco antes. Necesité que Papa viniera a mí, llorando, y me dijera que tenía un problema y me dejara ayudar. No me resistí ni un segundo. No sirve de mucho pensar en qué habría ocurrido, ni si tal vez habrías podido ahorrarte unos meses de infierno, estropear un poco menos tus dientes, ahorrar algo más de dinero. Nunca lo sabremos y, probablemente, en el balance general no sea tan importante, la cuestión es que finalmente encontraste un brazo que empezó a sacarte de ese túnel.

Te dirijo estas palabras, a mi yo del pasado, por si queda algo de ti en mí, y por si esto saliera a la luz y pudiera ayudar a alguna otra persona. Se puede salir de esto, pero no sin ayuda. Estás encerrada en un cuarto que no tiene manivela, solo puede abrirse desde fuera. Pero tienes que gritar. Nadie sabe que estás ahí, ni siquiera se imaginan que exista ese cuarto, así que debes gritar y pedir ayuda, para que sepan dónde buscarte. Aislarte es lo que te ha llevado a donde estás, creer que no necesitabas a nadie, pensar que no debías molestar a los demás. Sé que tienes un plan, crees que solita vas a arreglarlo todo como siempre has hecho, sin ayuda y sin molestar. Esta mezcla de orgullo y vergüenza, con el delirio de que eres capaz de cualquier cosa (porque así te lo han exigido) es precisamente lo que te ha hundido. Tienes que soltar la piedra que te ancla al fondo del mar.

Lo que llamas control, es una losa, y, al contrario de lo que supones, es ella la que te condiciona y controla a ti. La idea de dirigir tu vida es irreal, así que si sueltas el control te sentirás igualmente perdida, pero al menos más ligera y capaz de confiar. Se trata de poner la energía en las cosas que valgan la pena, no en destruirte. Nadie te garantiza que cuando salgas de tu enfermedad no vayas a sufrir, ni tener problemas, ni tener que luchar. Eso va a ocurrir igual, pero al menos no serás tú misma el problema, al menos sabrás escucharte y ayudarte, no hacerte la zancadilla a ti misma. Habrá momentos en que también te sientas agotada, perdida y angustiada, triste en ocasiones, aparentemente incluso más a menudo. Pero esos problemas pasarán porque estarás en situación de solucionarlo. Ahora mismo has cerrado la puerta a arreglar las cosas porque has preferido recurrir a un parche. El parche aplaza los problemas y hace que se acumulen, pero no los soluciona. Cuando abras esa puerta se caerán todos encima, tendrás miedo de que tu vida se vuelva así permanentemente. Pero tranquila, nada más lejos de la realidad.

Existe la paz. No la paz continua que desearías pero sí una paz real a intervalos. Como estás tan agitada no recuerdas qué es esto, pero es posible. Aprende a confiar, no solo para pedir ayuda, también para tener paciencia. Cuando hayas salido del peor momento verás que todo es posible y sentirás fuerzas para seguir adelante. Los primeros cambios son tan duros… Te has pasado meses o años postrada en una silla, obviamente no puedes comenzar corriendo. Los primeros serán difíciles y sí, te caerás, y añorarás la falsa comodidad de la silla. Pero poco a poco te pondrás en pie y caminarás cada vez con más titubeos, hasta que consigas correr de nuevo, o quizá por primera vez en tu vida.

No es fácil, lo sé, pero te prometo que cuando empiezas a confiar todo se vuelve más sencillo. Empiezan a aflorar otros sentimientos. Cuando estás triste solo es eso, un bajón emocional, pero no entras en desesperación, no pierdes las riendas de tu vida, y no te destruyes. Lo mismo con los demás problemas: empiezas a solucionarlos uno a uno, dándoles su espacio y su desarrollo para que se marchiten, o para encontrar una solución. Contar las cosas le quita un peso que ni te imaginas, incluso aquello más terrible. Pedir y aceptar ayuda no te garantiza que se solucionen las cosas, ni que nadie vaya a hacerlo por ti, pero como arte de magia te sientes mucho más ligero y tranquilo. Paz, silencio, disfrutar el momento.

Cuando estás tan alterada que no quieres ni aceptar lo que te pasa, admitir que no estás tomando las buenas decisiones, no sentir el dolor ni quererte a ti misma con tus características esenciales, tienes que mentirte constantemente. Te inventas una careta, en este caso la delgadez y un falso bienestar, te llenas el tiempo con actividades y fiestas para no escucharte a ti misma, y compones tu vida de gente que solo te pone delante el falso espejo en que mirarte. Te tapas los oídos, cierras con fuerte los ojos y te inventas una mentira que ni siquiera te funciona, solo ganas tiempo, el suficiente para destruirte mientras ignoras te hundes en la desesperación, bloqueada sin un plan mejor. Pero la realidad sigue ahí, como un globo que se hincha hasta que explota.

Entonces despiertas y ves que sí, que es grave, pero que la realidad, por dura que sea, es siempre mejor que la mentira. Ves que te has desviado mucho del camino y aprendes que los atajos son siempre falsos, y no solo tienes que volver al sendero principal, tienes que desandar todo el recorrido hasta volver donde empezaste, incluso antes. Es duro, es cansado, crees que no lo conseguirás, pero un día, sin darte cuenta, te sientes mejor. Te sentirás mejor, créeme. Hay un punto de fe en todo esto, ya que tu maravilloso plan de apariencia y autolesión ha fallado, dale al menos una oportunidad a lo que te dice, confía. En ellos pero también en ti. En tus seres queridos, en los profesionales, en las cosas lindas que tienes dentro. Aprende a conocerte, deja de negar y acéptate. No será un camino de rosas pero siempre será más sencillo que el pozo en el que has caído. La diferencia es que no puedes hacerlo sola, debes reaprender a relacionarte con el mundo y contigo misma. Confía, al menos haz la prueba.

Te escribo esta carta a ti pero también a mí, que somos la misma. Ya sabes, esa personalidad tenaz y controladora, con tendencia a la obsesión. Se puede salir, ya estoy saliendo, y el futuro será, sin duda mucho mejor.

Testimonio de paciente con TCA. 2 años en tratamiento. Edad: 30 años.
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